Yo escuchaba aquellas historias con lágrimas en los ojos.
Mi suegra había ayudado a muchas personas sin presumirlo jamás.
Cuando terminó la ceremonia, una de sus amigas preguntó:
—¿Y Julián, hija?
Sentí un nudo en la garganta.
—No pudo venir.
La mujer bajó la mirada.
—Qué tristeza. Mercedes siempre lo esperaba.
Aquellas palabras me dolieron profundamente.
Porque eran verdad.
Mi suegra pasó sus últimos años esperando a un hijo que siempre tenía algo más importante que hacer.
Después de la cremación, llevé sus cenizas a nuestra casa.
Coloqué la urna blanca sobre la chimenea.
A su lado puse una fotografía donde aparecíamos abrazadas durante su cumpleaños número ochenta.
Entonces saqué la llave.
La observé bajo la luz de la ventana.
Tenía grabadas tres letras.
M.V. — 17
Pensé que podían ser sus iniciales.
Mercedes Villaseñor.