Sofía quejándose de una tarea.
Un vaso medio lleno.
Una servilleta caída.
Una discusión sobre quién dejó abierta una puerta.
Nada espectacular.
Y, sin embargo, durante treinta años trabajé intentando alcanzar una sensación que finalmente encontré allí.
No necesitaba otro reconocimiento.
No necesitaba otra casa.
No necesitaba aparecer en otra revista.
Necesitaba que alguien se alegrara cuando yo entrara por la puerta.
Necesitaba escuchar:
—Papá, mira lo que hice.
Necesitaba una mujer que pudiera contarme que había tenido un día horrible sin sentirse obligada a fingir que todo estaba bien.
Necesitaba personas que no necesitaran al empresario.
Solo a Ricardo.
A veces, antes de dormir, entro en la habitación de Sofía.
Ya está demasiado grande para que la cargue como aquella primera tarde.
Pero algunas noches todavía duerme con una mano debajo de la mejilla de la misma manera que lo hacía cuando era bebé.