Improbable no significaba imposible.
—Entonces… ¿estos niños son nuestros? —preguntó Alejandro.
El médico casi se echó a reír.
—Todo indica que sí. La medicina trabaja con probabilidades, no con profecías.
Durante unos días, la casa se llenó de una felicidad torpe. Carmen cocinaba 5 platos porque Isabel rechazaba 4. Alejandro compraba vitaminas que el médico no había pedido y después tenía que devolverlas.
Hasta que Beatriz apareció en Madrid.
Había venido por trabajo y Carmen la invitó a tomar café.
Isabel esperaba tensión.
Encontró a una mujer tranquila que, al enterarse del embarazo, sonrió sinceramente.
—Me alegro mucho por vosotros.
Antes de marcharse, Beatriz pidió hablar a solas con Isabel.
—Alejandro tiene un defecto peligroso —le dijo—. Cuando algo le asusta, lo esconde creyendo que así protege a los demás.
Aquella noche Isabel obligó a su marido a contarle todo lo que todavía callaba sobre su divorcio.
Alejandro admitió sus errores, pero aseguraba que ya no quedaba ningún secreto.
Se equivocaba.
2 semanas después, Isabel recibió una llamada de Marta, hermana de Beatriz.
—Hay algo que mi hermana nunca le contó a Alejandro.
Isabel apretó el teléfono.
—Dímelo.
Al otro lado hubo un silencio incómodo.
—Antes de divorciarse… Beatriz estaba embarazada.
Isabel se quedó completamente inmóvil.
—¿Alejandro lo sabía?
—No.
—¿Y qué pasó con el bebé?
La respuesta de Marta cambió para siempre la historia de aquella familia.
—Lo perdió mientras Alejandro estaba de viaje. Y Beatriz decidió enterrarlo sola.
PARTE 3
Cuando Alejandro regresó aquella noche a la casa, encontró a Isabel sentada junto a la ventana del dormitorio, con las 2 manos apoyadas sobre el vientre.
No hubo rodeos.
—Beatriz estuvo embarazada de ti.
Alejandro dejó el reloj encima de la cómoda y se quedó quieto.
—¿Qué?
—Marta me ha llamado. Dice que Beatriz perdió el embarazo antes del divorcio y que tú nunca lo supiste.
El rostro de Alejandro cambió lentamente.
No mostró celos, nostalgia ni alegría. Solo una mezcla brutal de incredulidad y dolor.
—Eso no puede ser.
—Llama a Beatriz.
Alejandro cogió el móvil.
Isabel lo detuvo.
—No. Dile que venga. Hay cosas que ya habéis escondido demasiado tiempo para resolverlas por teléfono.
Beatriz apareció a la mañana siguiente.
Nada más entrar comprendió por qué la habían llamado.
—Marta no tenía derecho.