20 minutos después estaban en urgencias.
Había comenzado un parto prematuro.
El equipo médico intentó frenar las contracciones mientras controlaba continuamente a los 2 bebés.
Alejandro pasó aquella noche sentado junto a la cama.
Cada vez que un monitor emitía un sonido diferente levantaba la cabeza.
Finalmente una enfermera se rio.
—Señor Vega, deje de vigilar la máquina. Su cara cambia antes que los números.
Isabel también sonrió.
—¿Te duele? —preguntó él inmediatamente.
—Sí.
Alejandro palideció.
—¿Dónde?
—En la cabeza, de escucharte preguntar cada 30 segundos.
Por primera vez aquella noche, él se echó a reír.
Durante 3 días consiguieron estabilizar la situación.
En el cuarto, las contracciones regresaron con mayor intensidad.
Uno de los bebés comenzó a presentar alteraciones en el ritmo cardíaco.
La responsable de obstetricia explicó que ya no era conveniente prolongar el embarazo.
Necesitaban realizar una cesárea.
Isabel sintió un miedo que ninguna palabra podía aliviar.
Alejandro le agarró la mano.
—Tengo miedo.
Ella lo miró sorprendida.
Esperaba escuchar que todo saldría bien.
—Yo también —admitió él—. Pero esta vez no vamos a fingir que no pasa nada.
Aquella frase la tranquilizó.
Cuando llevaron la camilla hacia quirófano, Carmen esperaba junto a la puerta.
Tomó durante unos segundos la mano de Isabel.
—No pienses en nietos ni en nada más. Solo vuelve con ellos.
Las puertas se cerraron.
Los gemelos nacieron antes de alcanzar la semana 33.
El primer llanto fue pequeño, casi frágil.
Isabel comenzó a llorar.
Pocos minutos después escuchó el segundo.
Por haber nacido prematuramente, los 2 necesitaban cuidados neonatales y ella apenas pudo verlos durante unos instantes.
Eran diminutos.
Pero estaban allí.
Horas después, cuando despertó completamente, Alejandro estaba sentado junto a su cama con la camisa arrugada y los ojos rojos.
—¿Los niños?
—Están estables.
—¿Seguro?
Él inclinó la cabeza hasta apoyar la frente sobre su mano.
—Y tú estás aquí.
Su voz se quebró.
Isabel lo observó.
Aquel hombre le había asegurado antes de casarse que no necesitaba hijos para sentirse completo.
Seguía siendo verdad.
Precisamente por eso verlo llorar por aquellos 2 pequeños resultaba todavía más conmovedor.
—Alejandro.
Él se limpió rápidamente los ojos.
—¿Qué?
—Estás llorando.
—No he dormido.
—Curioso. A ti la falta de sueño te sale por los ojos.