MI ESPOSO ME DIJO QUE SE IBA DOS AÑOS A SUIZA… PERO SU AMANTE EMBARAZADA LO ESPERABA EN CANCÚN, Y LO QUE ROBÓ DE NUESTRA CAJA FUERTE ERA MUCHO PEOR

—Mariana no puede enterarse de lo que hay en esa carpeta. Si descubre la verdad, estamos acabados.

Era la voz de Ricardo.

Mi esposo.

El mismo hombre que apenas unas horas antes me había abrazado llorando en el Aeropuerto Internacional de Monterrey, jurándome que se marchaba dos años a trabajar a Suiza.

Me quedé inmóvil, con el teléfono pegado al oído.

—¿Y si ya sospecha algo? —preguntó otra voz masculina.

—Mariana confía demasiado en mí —respondió Ricardo con una carcajada—. Esa mujer todavía cree que su papá murió de un infarto sin saber nada.

Sentí que el corazón se me detenía.

Mi padre, don Ernesto Mendoza, había fallecido dieciocho meses antes.

Tenía 68 años y había construido una empresa de desarrollos inmobiliarios en Nuevo León desde prácticamente cero.

Siempre había sido un hombre fuerte, disciplinado y cuidadoso con su salud.

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