Pensé que seguramente tenía turno en el trabajo. Me dolió, pero lo entendí. Esa noche, después de la fiesta, tomé un taxi y fui a su casa para dedicarle mi título.
La puerta estaba sin llave. Dentro, todo estaba ordenado y silencioso. En la mesa de la cocina había una carpeta azul con mi nombre escrito con su letra redonda. Y un sobre.
Lo que había en la carpeta
Abrí primero el sobre. Adentro había una nota breve:
«Andrés: perdóname por no estar. Me daba miedo no poder contener la emoción. Mira dentro de la carpeta. Es para ti. Con todo mi cariño, Rocío».
En la carpeta había un contrato de alquiler a mi nombre: un pequeño local con vitrina, en una calle comercial. Estaba pagado por adelantado durante dos años. Junto al contrato, un cuaderno lleno de números, con la letra de Rocío: durante cinco años había guardado cada mes una parte de su sueldo, centavo a centavo, en una cuenta que nunca me mencionó.