El raspado de las patas de las sillas de madera contra el suelo de linóleo resonó como un disparo.
A Mara se le cortó la respiración. No se dio la vuelta. Enjuagó el plato, con los nudillos blancos.
—Te has saltado un trozo —susurró una voz ronca y grave justo al lado de su oído. El hedor a grano fermentado y tabaco rancio la inundó.
Mara mantuvo la cabeza gacha. —La lavaré otra vez —dijo en voz baja, sin ninguna inflexión. La emoción era san.gre en el agua.
—No quiero que lo laves otra vez. Quiero que lo hagas bien a la primera —siseó Víctor.
Antes de que Mara pudiera siquiera notar el cambio en su peso, su mano grande y callosa se abalanzó sobre ella. La bofe.tada, con la mano abierta, impactó en el costado de su rostro con la fuerza de un ladrillo. El golpe le provocó un destello cegador de luz blanca. Su cabeza se ladeó violentamente, y su cadera se estrelló contra el borde de la encimera de granito. El plato de cerámica se le resbaló de las manos mojadas y se hizo añicos en una docena de pedazos irregulares en el fregadero de acero inoxidable.