—Ya sé lo de la casa —dije—. También sé de Evelyn, de la niña y de la boda.
—¿Y qué? Esa casa estaba desperdiciándose. Mi hijo tiene derecho a empezar de nuevo. Tú preferiste cuidar desconocidos antes que estar con él. Evelyn sí va a darle una familia de verdad.
—¿Y Santiago? ¿El nieto al que le decías que su mamá no lo quería porque trabajaba de noche? ¿Él no cuenta como familia?
—No metas al muchacho en esto.
—Santiago sabe todo. Me ayudó a mudarme el miércoles.
—¡Le llenaste la cabeza de mentiras! ¿Cómo te atreves a denunciar a tu propio marido? ¿Qué va a decir la gente?
—Que vendieron la casa que me dejó mi mamá aprovechándose de mi confianza. Y que tendrán que responder por ello.
Me agarró del brazo.
—No puedes hacernos esto. Eduardo está enfermo.
—Precisamente por eso está atendido en un hospital. Su salud no está en discusión. Mis derechos tampoco.