Después entendí que aquel castigo no me pertenecía.
Sofía también había sido su hija, aunque él hubiese tardado demasiado en comprenderlo.
Dos días después permití que asistiera a una pequeña ceremonia.
No hubo periodistas.
No hubo socios.
No hubo gente de negocios.
Solo mi padre, Tomás, algunas enfermeras que habían querido a Sofía y yo.
Rodrigo llegó solo.
Puso una flor frente a la urna rosa.
Tenía en la mano la cuenta de plástico que yo había dejado sobre la mesa de la fiesta.
—La guardé —dijo.
No respondí.
—Mariana… yo no sabía.
Lo miré directamente.
—Esa frase no te absuelve.
Bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No sabías porque elegiste no saber. Eso es diferente.
Rodrigo comenzó a llorar.
Esta vez no sentí placer.
Tampoco pena.
Solo cansancio.
—Ojalá algún día entiendas que perder dinero no fue tu castigo.