Rodrigo sabía exactamente lo sola que estaba.
—También investigué al amigo que los presentó —continuó Santiago—. Rodrigo le debía dinero. Le pidió que te acercara porque sabía que acababas de heredar.
Mariana volteó hacia su esposo.
—¿Nunca me amaste?
Por primera vez esa noche, Rodrigo pareció incómodo.
—Al principio las cosas eran diferentes.
—No te pregunté eso.
Él guardó silencio.
Mariana entendió la respuesta.
Y curiosamente no sintió ganas de llorar.
Era como si algo dentro de ella, algo que había estado encadenado durante años, acabara de romperse.
Teresa intervino.
—Ya estuvo bueno de este circo. Mariana también disfrutó cosas gracias a mi hijo.
Daniel la miró con incredulidad.
—¿Qué cosas?
—Pues… una familia.
Mariana soltó una risa breve.
Todos voltearon.
Ni siquiera ella reconoció su propia voz.
—¿Familia?
Se levantó despacio.
—Durante tres años me llamaron inútil, vaca, cerda. Dormí en el sofá porque Teresa decidió que necesitaba mi habitación. Cociné para ustedes, lavé su ropa y pagué recibos mientras Rodrigo decía que estaba levantando un negocio que nunca existió.