El rector leyó en voz alta.
—“El decano Tomás Salcedo me aseguró que la estudiante había abandonado el proyecto y que la universidad podía registrarlo como propio. Me pidió transferir los pagos a una cuenta personal hasta que terminara la negociación”.
Un murmullo recorrió las filas. Salcedo retrocedió y su silla chocó contra la pared.
—¡Está mintiendo! —gritó—. ¡Todos están mintiendo!
—Entonces explíqueme la transferencia de treinta y dos mil euros —dijo Alonso—. La cuenta está a su nombre.
Miró hacia mí.
—Valeria, tu proyecto no solo era el mejor de la promoción. Fue probado en tres clínicas rurales y redujo en un cuarenta por ciento el desperdicio de medicamentos pediátricos. El comité externo recomendó registrarlo a tu nombre. El decano ocultó ese informe y presentó una versión incompleta.
Mateo despertó y empezó a llorar. El sonido atravesó la tensión como una alarma. Lo abracé con fuerza, sintiendo el calor de su frente.