La puerta se abrió.
Mariana entró con los ojos llenos de lágrimas.
Por un instante pensé lo peor.
Me puse de pie.
—¿Qué pasó?
Ella corrió hacia mí.
Me abrazó con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
—Está en remisión.
No reaccioné.
—¿Qué?
—¡Está en remisión, Ernesto!
Empezó a reír y llorar al mismo tiempo.
—Los médicos dicen que el tratamiento funcionó.
Nos quedamos abrazados.
Yo había conocido a aquella mujer menos de un año antes.
Ahora estaba llorando con ella como si fuera mi propia hija.
Sofía salió de su habitación.
—¿Por qué lloran?
Mariana se agachó.
—Porque tenemos buenas noticias.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¿Muy buenas?
—Las mejores.
La niña corrió hacia nosotros.
Terminamos los tres abrazados en medio de la sala.
Han pasado siete años desde entonces.
Sofía tiene doce.
Está sana.