—Mariana, ¿qué pasó?
—Nada, mamá.
Elena me miró con alarma.
—Si es por haber estado cerca de la escuela, discúlpeme. Ya le dije que no debe molestar a los alumnos. No volverá.
—No vengo por eso.
Ella mantuvo la distancia.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Vi a su hija enseñándole matemáticas a la mía.
Elena miró a Mariana.
—¿Qué hiciste?
—Sólo le expliqué un ejercicio.
—Le explicó algo que varios adultos no habían conseguido explicarle bien —aclaré—. Su hija es extraordinariamente buena.
Los ojos de Elena se humedecieron inmediatamente.
Pero levantó la barbilla.
—Mariana siempre ha sido buena estudiante.
—Me contó que ahora no puede ir a clases.
Elena cerró los ojos durante un instante.
—Estamos pasando por una situación complicada.
—Quiero ayudar con su educación.
La expresión de Elena se endureció.
—No necesitamos caridad.
Antes de que pudiera contestar, Mariana habló.
—Mamá.