Entró llorando.
—¿De verdad abrió los ojos?
—Sí.
—¿Te vio?
—No sé.
Mamá abrazó a Noah.
—¿Tú lo sabías?
Él asintió.
—Mamá habla los sábados.
Mi madre lo miró.
Después me miró a mí.
—¿Qué significa eso?
—Todavía estamos averiguándolo.
Ese día revisamos las últimas cuatro semanas.
Carla ayudó.
Había algo.
Los sábados Emma tenía menos sesiones de terapia y menos intervenciones.
Algunas dosis sedantes que recibía para tolerar ciertos procedimientos no coincidían con la tarde.
Había más horas largas sin interrupciones.
Y Noah se sentaba allí.
Siempre a la misma hora.
Le hablaba.
Sin exigir.
Sin pedirle que despertara.
Sin llorar sobre ella.
Sólo le contaba su vida.
—¿Entonces él la estimuló? —pregunté.
El neurólogo fue cuidadoso.
—No podemos demostrar causalidad.
—Pero ayudó.
—La familiaridad puede ayudar en algunos pacientes.
La voz.
El tacto.