Salí de prisión después de 5 años y mi yerno me esperaba junto a su coche de lujo, dejando caer billetes delante de mí como si yo no valiera nada. «Toma 100.000 euros y desaparece.» No recogí ni uno: fui directamente a buscar una vieja caja que había ocultado antes de mi condena. Dentro encontré la escritura del terreno sobre el que había levantado su imperio.

Álvaro miró a Mateo.

—¿Cree que puede quedarse con este edificio?

—No he dicho eso.

Mateo señaló a los trabajadores que observaban desde un lateral.

—Aquí hay compradores, empleados, proveedores y familias que no tienen culpa de tus decisiones. No he venido a perjudicarlos. He venido a impedir que sigas utilizando algo que no te pertenece como garantía de tus mentiras.

Uno de los representantes financieros intervino.

—Hasta aclarar la titularidad y la validez de las garantías, quedan suspendidas las operaciones pendientes.

Álvaro palideció.

—No pueden hacer eso.

—Podemos y debemos hacerlo.

Los murmullos crecieron.

Pero Clara todavía no había hablado.

Subió al escenario.

Álvaro la miró como quien contempla a una desconocida.

—Baja de ahí.

Clara tomó el micrófono.

—Durante 5 años mi marido me dijo que mi padre no quería verme.

Álvaro avanzó.

—Clara, no hagas esto.

—Me enseñó cartas falsas. Me dijo que mi padre estaba confundido y que cualquier contacto podía perjudicarme.

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