Álvaro miró a Mateo.
—¿Cree que puede quedarse con este edificio?
—No he dicho eso.
Mateo señaló a los trabajadores que observaban desde un lateral.
—Aquí hay compradores, empleados, proveedores y familias que no tienen culpa de tus decisiones. No he venido a perjudicarlos. He venido a impedir que sigas utilizando algo que no te pertenece como garantía de tus mentiras.
Uno de los representantes financieros intervino.
—Hasta aclarar la titularidad y la validez de las garantías, quedan suspendidas las operaciones pendientes.
Álvaro palideció.
—No pueden hacer eso.
—Podemos y debemos hacerlo.
Los murmullos crecieron.
Pero Clara todavía no había hablado.
Subió al escenario.
Álvaro la miró como quien contempla a una desconocida.
—Baja de ahí.
Clara tomó el micrófono.
—Durante 5 años mi marido me dijo que mi padre no quería verme.
Álvaro avanzó.
—Clara, no hagas esto.
—Me enseñó cartas falsas. Me dijo que mi padre estaba confundido y que cualquier contacto podía perjudicarme.